Jose, el chico del montón
Lo primero que hizo fue intentar ligarse a la chica más guapa de su instituto. Nada más conocerla ella le dio calabazas. Él estaba muy alegre, las calabazas eran muy buenas: grandes y naranjas, como un fontanero fornido, pero luego quiso besarla y la chica le rechazó. Ella no quería a un chico que andara por ahi besando calabazas.
Luego quiso cambiar su imagen. Empezó por la ropa. Se compró prendas muy llamativas. Naranjas. Se compró prendas llamativas para llamar la atención y naranjas porque tenían mucha vitamina C. También compró kiwis, zapatos, limones y sudaderas. La calabaza se puso furiosa. Ella odiaba las sudaderas.
Más adelante quiso destacar en el campo de la filosofía, uno de los mejores campos que hay por detrás del Mestalla. Se interesó por la filosofía del hombre absurdo y quiso complementarla, él creía que también era aplicable a las mujeres.
Pese a todo, nadie se fijaba en él. Sus esfuerzos no se veían recompensados. Seguía perteneciendo al montón de gente del montón de feos que querían dejar de serlo. Del montón, me refiero. Jose no sabía qué hacer, así que no hizo nada. Pasó días en la inactividad más absoluta. No comía ni bebía, salvo en las horas de desayunar, comer y cenar que hacía ambas cosas. A la gente esa pasividad le impresionó y pronto corrió la voz. Miles de personas peregrinaban a casa del joven para contemplar a ese extraño sujeto que no tenía ningún interés vital y pasaba horas y horas sin hacer absolutamente nada salvo respirar y tocarse ocasionalmente la oreja izquierda. De pronto se dio cuenta de algo: el propio equilibrio emocional y la falta de caracerización personal constituyen paradójicamente una caracterización personal. Era un chico caracterizado por no estar caracterizado. Así que se propuso seguir siendo quien era. Un chico del montón al que pertenece gente caracterizada por pertenecer al montón de gente del montón. Nunca una calabaza habia estado tan orgullosa de su dueño.