Semana de exámenes
Cuando acabas los exámenes te sientes libre. Todo empieza en el momento de entregar el último examen. Lo entregas y sales a la calle. Has dormido menos de cinco horas y tienes unas ojeras que podrían acunar a un mamut, pero ahora te sientes bien, muy bien. Es un momento de alivio y euforia indeible. Yo conozco a gente que con cincuenta y pico de años es adicta a ese momento. Estudian, duermen, comen mal y poco, se muerden las uñas hasta lo rosa, que todo el mundo sabe que el límite para morderse las uñas te lo traza ya la naturaleza, es la línea blanca, y todo para llegar a esa sensación del fin de los exámenes. Siempre me dicen: “Ojalá fuera yo adicto a la coca, sería todo mucho más fácil…” Pero ya saben mi opinión con respecto a la coca: prefiero mil veces las magdalenas.
Y es que una semana de exámenes es cruel, acaba contigo. Porque todo lo que has estudiado, todo el tiempo de trabajo incansable, de noches en vela, de nervios y concentración, todos tus esfuerzos y tiempo invertido en una materia, los treinta y siete minutos, te los juegas en un momento. Eso es cruel. Es como cuando te dicen:
-Cuéntame un chiste.
A mí con esto me ocurre un suceso extraño e inefable: se ríen más de mis exámenes que de mis chistes. Y eso que los exámenes no los explico.
Ahora os dejo, pero no porque os quiera sólo como amigos, sino porque quiero disfrutar el momento. Dentro de nada llegarán las notas y eso corta más el rollo que el presentador de informativos que sale al lado de la guapa.
*Ya lo sé, últimamente hablo mucho de pedos, pero qué quieren, tengo 17 años y pocas experiencias.
Si el monólogo de hoy no les ha parecido a la altura… entonces súbanse al Everest y léanlo allí, pero compréndame, los exámenes son a la creatividad lo que los pelillos de la nariz al pragmatismo.