Llaveros asesinos
Últimamente he centrado mi atención en unos objetos que poco a poco se reproducen casi a más velocidad que dos conejos en un terremoto o una familia del opus. Los llaveros. Y una cosa les diré: tengan cuidado, los llaveros acabarán con la raza humana. Porque los llaveros son como las nuevas generaciones: a medida que pasa el tiempo, son más grandes. A mí de hecho el que tengo ya no me cabe ni en el bolsillo. Ni el llavero tampoco.
¿Por qué trato tan mal a los llaveros y creo que supondrán el fin de la humanidad? Muy sencillo. Ellos ya han empezado. Sigilosamente, sin que apenas nos enteremos. Han empezado a atacar por nuestras uñas. ¿Alguien ha intentado meter una llave en una anilla sin daño alguno? No… claro que no. Empezamos creyendo que será cuestión de segundos: “lo abro, la meto y ya está” (este razonamiento pragmático ha provocado muchas desazones a lo largo de la historia). Así que nos dirigimos a abrir la anilla, primero ladeando la cabeza y musitando un animoso “vaya…”, luego tratamos de hacerlo bruscamente, teniendo la gran idea de que la inercia del metal hará que se produzca una separación permanente entre la parte superior de la anilla y la inferior. Pero no. La anilla de un llavero es como la puerta de la habitación de cualquier adolescente: siempre tiende a cerrarse. Y no somos capaces de admitir nuestra derrota. Por lo que recurrimos a las armas. Cogemos un cuchillo y hacemos palanca para insertar la llave de una vez por todas. Sin embargo, cuando la apertura está ya consumada, hay que retirar el cuchillo para pasar el pequeño agujerito del objeto por inestable circunferencia metálica. Una vez llegado hasta aquí ya hay diversas opciones: o la llave se introduce, o desistes y te sumes en una depresión o el cuchillo te amputa el dedo. Y todo por los aparentemente inofensivos llaveros…
Lo que peor llevo de los llaveros es que se están convirtiendo en un regalo estándar. La gente va a Madrid y te trae un llavero que pone “Madrid”, original, pensarán algunos. Lo peor es que la gente viaja mucho… de modo que llega un momento en el que tú tienes más provincias de la geografía española que llaves. Y por más que intentes añadir llaves más o menos útiles (cosa que todo el mundo hace o hará alguna vez en su vida) nunca serán las suficientes. De modo que acabas teniendo toda España menos, lógicamente tu localidad. Esto es un problema porque a mí el otro día la alcaldesa de Valencia me iba a entregar la llave de mi ciudad (cosa que considero innecesaria porque ya me encuentro dentro de ella, de la ciudad, no de la alcaldesa) y como no tenía llavero valenciano no me la dio. ¡Es injusto! Pensé. Así que le dije:
-Rita, dame la llave.
-¿Qué llave?
Intenté señalarla, pues aún la sostenía en su mano pero me di cuenta de que me faltaba el dedo índice, me lo había amputado con el maldito cuchillo por culpa del llavero. Entonces fue cuando lo entendí: la democracia ha acabado, ahora deciden los llaveros. Sálvese quien pueda.


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