03/01/2008

Dormir en casa ajena

    Situación: Pedrito (un amigo como muchos otros), unos padres, un momento de silencio y una pregunta lanzada al aire: ¿oye te quieres venir a casa de Pedrito a dormir?

    A ti no te apetece absolutamente nada pasar la noche con Pedrito. Pero te ves coaccionado y un tímido “sí” sale de tu boca. No sabes lo que acabas de hacer. 

    Lo primero que pasa al llegar a casa de Pedrito es que te das cuenta de que tus intereses y los de él no son los mismos. Te obliga a jugar con sus juguetes mientras tú añoras los tuyos. Los niños se clasifican en dos grandes grupos: los obsesionados con los dinosaurios y los obsesionados con los planetas. O perteneces a uno o al otro. Y Pedrito pertenece al otro. De manera que tú estás en una habitación de color azul clarito plagada de pósters de la vía láctea, mientras Pedrito te enseña su telescopio. He tenido una infancia muy dura…

    Luego llega la hora de cenar. Eso es una tortura, es horrible, terrorífico. A ti te gusta todo menos la sopa y el pescado, pues bien, sopa de pescado. 

    Tú miras el plato, el plato te mira a ti, Pedrito sorbe la sopa de una manera inhumana, y los padres de éste te dicen ofendidos: ¿no te gusta? Como eres un gran chico dices que sí y te dispones a tragar (cosa que deberás cambiar en tu vida adulta, por tu propio bien) y para hacer tiempo decides hacer un acto que a mí me fascina: Empiezas a remover la sopa en círculos con la cuchara. Toda la tarde viendo la inmensidad del espacio exterior que al final piensas “¿qué no haré yo un agujero negro”? Pero Pedrito está acabando y debes comerte la sopa para no desentonar. Y créanme cuando les digo que hay algo peor que una sopa de pescado hecha por padres ajenos y expectantes: una sopa de pescado hechas por padres ajenos y expectantes, fría. Pero te la tomas y cuando has acabado te dicen: “¿qué quieres de fruta? Tenemos flan”. Muestra inequívoca de que ellos quieren que te tomes un flan. Dices: “Nada, nada”. Ya has tenido bastante. Insisten: “Hay fruta” Y tú: “vale va, ¿qué hay?” Aquí llega el toque final, algo que acaba contigo y hace que estés al borde del suicidio: “Caquis”.

    Caquis… algo cuyo nombre es sinónimo de mierdecillas no puede estar bueno.

    Tras esto, toca dormir. A Pedrito le gusta tener una luz por las noches porque tiene miedo de los extraterrestres. Tú le dices que los dinosaurios ya están muertos pero él no muestra interés. Pedrito se duerme tan rápidamente como se tomaba la sopa y a ti te entran ganas de ir al baño. Te encuentras sólo y a punto de orinarte en una casa ajena, rodeado de galaxias lejanas y de un niño roncando profusamente (estas últimas tres palabras podrían ser el título de un corto ‘performance’). Intentas aguantarte pero es imposible. Así que te levantas y vas al cuarto de baño descalzo, casi de cuclillas por la incipiente eyección líquida cuando una sombra aparece entre las tinieblas: “¿qué te pasa?” Es el padre de Pedrito. Tú ya no estás para andarte con chiquitas: “¡Me meo!” Acto seguido demuestras que, si bien eres un guarro, eres muy sincero. Y lo peor de todo: tu orina huele a sopa de pescado. 

    Finalmente llega la mañana y amaneces con unos pantalones de Pedrito que te vienen demasiado holgados. Te despiertas sin Pedrito al lado y te sientes humillado (a esto sí que deberás acostumbrarte en tu vida adulta). Caminas por el angosto pasillo y ves a toda la familia viendo la tele, vestida y arreglada, ya desayunada y sonriente. A ti se te cae el pantalón. No llevas calzoncillos porque anoche te negaste a ponerte unos de Pedrito. El padre te mira de arriba abajo y te dice: “Hay chocolate con churros para desayunar” Todos ríen y se abrazan entre ellos. Tú hueles a sardina y te alejas cabizbajo hasta la cocina. Eres alérgico al chocolate.

Posted by Magro Rumí at 14:53:13 | Permanent Link | Comments (5) |