Diecisiete años
Tengo diecisiete años. Ni uno más ni uno menos. Si tuviera uno más y uno menos seguiría teniendo diecisiete años así que es absurdo rebatirme. Tener diecisiete años no está mal, puedes cometer un delito y no ir a la cárcel, aunque también puedes ir a la cárcel y cometer un delito allí. Hay cosas que no se deben hacer, como ver las películas de miedo “no recomendadas para menores de 18 años”. Pero, ya saben, como no podemos ir a la cárcel, infringimos las normas. Tampoco podemos fumar, pero sí que es legal poner la boca en un tubo de escape y absorber, existe un gran vacío legal ahí. El alcohol también nos está prohibido. El agua oxigenada no. No podemos jugar a las tragaperras ni mucho menos tragar alcohol con una perra. Sí podemos tragar agua oxigenada con cualquier otro animal.
Creo que estaremos de acuerdo en que los diecisiete años son un número bonito. Si le restas diez. Y todo el mundo sabe que diez entre dos son cinco y cinco más dos son siete y siete más diez son diecisiete, tras lo cual no se llega a ninguna conclusión lógica pero a los estudiantes no se nos pide lógica, se nos pide un diez. Y, teniendo diecisiete, a mí me sobran siete, y ya te he dicho que siete es un número bonito.
Dicen que la educación de hoy está mal. Lo dicen los mayores. Y los mayores son los que educan a los pequeños y a los perros que hacen caca en la alfombra. Los mayores nos acusan de bulímicos: “llegáis al examen, vomitáis todo lo que habéis estudiado y luego se os olvida todo”. Sólo diré una cosa: si realmente vomitara en un examen, me acordaría hasta el fin de mis días.
A los diecisiete, uno es lo suficientemente mayor para saber que morirá y lo suficientemente joven para creer que lo hará de mucho más mayor. Por eso se nos acusa de megalómanos (yo no lo soy, no me gusta la música) y de querer comernos el mundo. ¿Comernos el mundo? ¿No lo vomitaríamos luego en cualquier examen? Y ese vómito sería tan grande que mancharía la alfombra en la que el perro ya había aprendido a no defecar. Muchos creen que llegarán a ser presidentes del gobierno o estrellas de rock, o las dos profesiones. Una por el día y otra por la noche (no diré cuál y cuál), pero no se dan cuenta de que, para llegar a ser ambas cosas, hace falta vomitar mucho… y digerir muy poco.