Osicran
Osicran nació siendo todavía un niño. Aunque en apariencia parecía una iguana. Era el niño más feo que había sido engendrado en toda la faz de la tierra. Y eso es mucha faz. Al nacer, su madre le hizo una foto con el móvil y la mandó a todos y cada uno de sus familiares. Aquello fue el fin de la compañía Amena.
Osicran crecía y crecía proporcionalmente a su fealdad. Los médicos recomendaban que la gente no le observara directamente sino con el rabillo del ojo o con cualquier otro rabillo. El joven iguanozoide tenía prohibido mirarse en un espejo. Sus padres no querían que al contemplar su difícil rostro acabara por suicidarse o algo peor.
Su infancia fue dura. No pudo tomar la comunión porque el cuerpo de cristo se negaba a entrar en el cuerpo de Osicran. El chico se fue desapegando de sus padres hasta tal punto en que éstos ya ni le saludaban cuando se lo cruzaban por la calle.
Con trece años, el preadolescente ya pensaba en el suicidio. Quizás estuviera influenciado por el hecho de que siempre que se despertaba e iba a la cocina a desayunar sus padres le decían: “Ah, aún no has muerto”.
La juventud la pasó sin Pena ni Gloria, ya que ambas murieron al mirarlo fijamente a los ojos. A los dieciséis años y trece meses desarrolló una extraña enfermedad deformatoria. Se le cayó su nariz de leche y le salió otra nueva, de cola-cao. Poco a poco fue cambiando hasta que llegó el día. Todo ocurrió fruto de la casualidad. El chico estaba en un río, tranquilo, oyendo el rumor de los pájaros (el cual era que había una pájara que se había tirado al carpintero), cuando de pronto, reparó en el agua. Lo que vio le sorprendió, él llevaba una camiseta con su nombre escrito, pues la fealdad no quita el egocentrismo y ya se le había caído toda la cara de leche. Tras varios minutos en silencio comprendió que aquel que le observaba desde las aguas no era más que su imagen reflejada, tan bella como nunca había podido imaginar, y su nombre, volteado, bruñía un resplandeciente: Narciso.