Wednesday, February 6, 2008

Osicran

    Osicran nació siendo todavía un niño. Aunque en apariencia parecía una iguana. Era el niño más feo que había sido engendrado en toda la faz de la tierra. Y eso es mucha faz. Al nacer, su madre le hizo una foto con el móvil y la mandó a todos y cada uno de sus familiares. Aquello fue el fin de la compañía Amena.

    Osicran crecía y crecía proporcionalmente a su fealdad. Los médicos recomendaban que la gente no le observara directamente sino con el rabillo del ojo o con cualquier otro rabillo. El joven iguanozoide tenía prohibido mirarse en un espejo. Sus padres no querían que al contemplar su difícil rostro acabara por suicidarse o algo peor.

    Su infancia fue dura. No pudo tomar la comunión porque el cuerpo de cristo se negaba a entrar en el cuerpo de Osicran. El chico se fue desapegando de sus padres hasta tal punto en que éstos ya ni le saludaban cuando se lo cruzaban por la calle.

    Con trece años, el preadolescente ya pensaba en el suicidio. Quizás estuviera influenciado por el hecho de que siempre que se despertaba e iba a la cocina a desayunar sus padres le decían: “Ah, aún no has muerto”.

    La juventud la pasó sin Pena ni Gloria, ya que ambas murieron al mirarlo fijamente a los ojos. A los dieciséis años y trece meses desarrolló una extraña enfermedad deformatoria. Se le cayó su nariz de leche y le salió otra nueva, de cola-cao. Poco a poco fue cambiando hasta que llegó el día. Todo ocurrió fruto de la casualidad. El chico estaba en un río, tranquilo, oyendo el rumor de los pájaros (el cual era que había una pájara que se había tirado al carpintero), cuando de pronto, reparó en el agua. Lo que vio le sorprendió, él llevaba una camiseta con su nombre escrito, pues la fealdad no quita el egocentrismo y ya se le había caído toda la cara de leche. Tras varios minutos en silencio comprendió que aquel que le observaba desde las aguas no era más que su imagen reflejada, tan bella como nunca había podido imaginar, y su nombre, volteado, bruñía un resplandeciente: Narciso.

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Saturday, November 17, 2007

Pepo Cilga y “El Orfanato”

    Pepo Cilga siempre fue un niño solitario y sin hogar. Al nacer, sus padres lo abandonaron nada más conocer su nombre. Era una vergüenza para la familia. El chico había oído hablar de sus padres: él era un próspero granjero valenciano llamado Pep Pinillos y su madre una inmigrante estadounidense que vino en los años 60 para cambiar su destino (que era quedarse en EEUU), se llamaba Amy Serable y se volvió a su país natal en el año 61, nada más nacer el joven. Pepo Cilga una vez habló con su abuela materna, Cindy Nero, que fue al orfanato a pedirle a su nieto que le pusiera en el testamento como única heredera. Pepo le dijo a la anciana que no tenía intención de morir aún, la abuela le dio un cariñoso beso en la mejilla y le susurró al oído: “Si quieres, puedes”.

    Pepo, pese a ser pobre y algo retrasado, siempre quiso aprender y se interesó por los idiomas, quería saber inglés para viajar a Estados Unidos y conocer a su madre, cambiando así su destino (que era no conocerla). Un día le dijo a la directora del orfanato:
    -Oiga, me gustaría ir a estudiar al extranjero.
    La directora le contestó:
    -No hace falta que vayas, ya le llamo yo. ¡Dimitriiii!
    Dimitri era un electricista que trabajaba allí de vez en cuando y Pepo Cilga en vez de aprender inglés aprendió búlgaro que no le sirvió de nada.

    En el orfanato las niñas le llamaban cerdo, no por ofender sino por una derivación lógica de su nombre. Pero el chico interpretaba mal sus palabras y siempre se encerraba en el cuarto de baño para alisarse el pito con tal fuerza que quedó impotente a los 9 años y nunca más pudo tocar el pito. Esto supuso una tragedia para él porque Pepo Cilga ya había decidido que quería ser árbitro de fútbol playa cuando fuera mayor, así que colgó sus chanclas y abandonó toda esperanza profesional. Además cogió un par de hongos en la ducha.

    Su vida al salir del orfanato fue si cabe, más dura.* El chico lloraba al ver una playa y los hongos estaban tan desarrollados que Pepo no se podía cortar las uñas porque sus pies habían sido declarados como Reserva de la biosfera. Sumido en la más profunda desesperación empezó a escribir. En búlgaro. Escribía bien pero nadie le entendía. Un día se topó con Dimitri que se ofreció a traducir sus textos. Uno de ellos era un relato corto llamado “El Orfanato”.

    Finalmente la historia fue a parar a un representante, quien envió la idea a unas cuantas personas. Se decidió hacer una adaptación. Pepo Cilga recibió 100.000 euros por la idea original y viajó a Estados Unidos, allí encontró a su madre, pero entonces se dio cuenta… no sabía hablar inglés.

* Tras comprobaciones científicas se ha llegado a la conclusión de que sí que cabe.

Posted by Magro Rumí at 20:27:21 | Permalink | Comments (5)

Wednesday, October 31, 2007

Una historia de amor

Voy a decírselo. La quiero y voy a decírselo. Me da igual luego lo que pase. Si te dice que sí, eso que ganas y si es que no, lo has intentado. Mírala, ahí, mirándome. Las chicas que no quieren nada no te miran así. Definitivo, se lo digo. En cuanto se calle… si se calla, claro. En cuanto acabe de hablar se lo digo.

-Y es así como logré escalar el Everest con sandalias.
-Sí, sí, muy interesante. Oye… te quería decir una cosa.
-Dime.
Vamos. Vamos joder. Sólo dilo.
-Vamos joder.
-¿Qué?
Vamos joder no, imbécil. Dile que la quieres de una vez.
-Yo te…
Te qué. Te qué.
-Te…niendo en cuenta que a cada 100 metros de altura disminuye un grado la temperatura, es, es toda una proeza. Lo del Everest, digo. ¿Con sandalias?
Gilipollas.
-Sí, bueno no eran exactamente sandalias…
Ya está otra vez. Va a hablar durante los próximos diez minutos. Y yo aquí, como un imbécil. Se te ha pasado la oportunidad. No, no, no. Aún puedes. Venga, va. Dos palabras. No tienes nada que perder.
-Sandalias de esas… que, bueno tienen como un plástico traslúcido, como las que tenemos de pequeños, ¿sabes?
-Ah vale, sí. Oye…
-Dime.
-¿En qué piensas?
-En…
-¿En qué?
-No sé…
-No seas tonta.
-Pues estoy pensando que…
-Que…
-Que esta maldita incontinencia verbal me impide decirte que te quiero.
Reacciona, reacciona.
-Me quieres.
-Vale, no debería habértelo dicho.
-Te quiero.
Bésala, ha llegado el momento.
-Me quieres…
-Yo… yo hice el camino de Santiago con pantalones de cuero.
Que te den por el culo.

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Wednesday, October 10, 2007

Jose, el chico del montón

    Jose era un chico del montón. Del montón de los chicos feos. Por lo demás, su normalidad era aplastante. No había un rasgo en su personalidad que sobresaliera, no era especialmente gracioso, serio, seguro, triste, alegre. No era nada. Su voz tenía un tono medio y su pelo un corte muy común, con tijeras. Harto de su situación, Jose decidió cambiar, quería ser conocido, o al menos tener una personalidad marcada.

    Lo primero que hizo fue intentar ligarse a la chica más guapa de su instituto. Nada más conocerla ella le dio calabazas. Él estaba muy alegre, las calabazas eran muy buenas: grandes y naranjas, como un fontanero fornido, pero luego quiso besarla y la chica le rechazó. Ella no quería a un chico que andara por ahi besando calabazas.

    Luego quiso cambiar su imagen. Empezó por la ropa. Se compró prendas muy llamativas. Naranjas. Se compró prendas llamativas para llamar la atención y naranjas porque tenían mucha vitamina C. También compró kiwis, zapatos, limones y sudaderas. La calabaza se puso furiosa. Ella odiaba las sudaderas.

    Más adelante quiso destacar en el campo de la filosofía, uno de los mejores campos que hay por detrás del Mestalla. Se interesó por la filosofía del hombre absurdo y quiso complementarla, él creía que también era aplicable a las mujeres.

    Pese a todo, nadie se fijaba en él. Sus esfuerzos no se veían recompensados. Seguía perteneciendo al montón de gente del montón de feos que querían dejar de serlo. Del montón, me refiero. Jose no sabía qué hacer, así que no hizo nada. Pasó días en la inactividad más absoluta. No comía ni bebía, salvo en las horas de desayunar, comer y cenar que hacía ambas cosas. A la gente esa pasividad le impresionó y pronto corrió la voz. Miles de personas peregrinaban a casa del joven para contemplar a ese extraño sujeto que no tenía ningún interés vital y pasaba horas y horas sin hacer absolutamente nada salvo respirar y tocarse ocasionalmente la oreja izquierda. De pronto se dio cuenta de algo: el propio equilibrio emocional y la falta de caracerización personal constituyen paradójicamente una caracterización personal. Era un chico caracterizado por no estar caracterizado. Así que se propuso seguir siendo quien era. Un chico del montón al que pertenece gente caracterizada por pertenecer al montón de gente del montón. Nunca una calabaza habia estado tan orgullosa de su dueño.

Posted by Magro Rumí at 20:30:03 | Permalink | Comments (8)